Introducción

Los valles secos en Bolivia son un conjunto de ecosistemas localizado entre los 1.500 y 3.000 m de altitud. Se caracterizan por presentar un clima seco a semiárido, con precipitaciones que van desde los 200 a los 650 mm, el cual condiciona la existencia de vegetación xerófila, con gran predominancia de leguminosas y cactáceas (López 2003).

Según López (2003) los valles secos de Bolivia son comunidades diversas en las cuales existe de 16 a 18 % de endemismos, y estima que en la zona existirían alrededor de 2000 especies vegetales, tratándose de una región en la cual se produjeron y continúan produciéndose altas tasas de especiación en algunas familias, favorecidas por el aislamiento resultante de las particularidades geográficas y orográficas de la región.

Una de los géneros importante en estos ambientes, considerando número de especies, cobertura y densidad, corresponde a Prosopis, y puntualmente para la zona, a la especie Prosopis flexuosa, la cual además es un importante elemento en estos ecosistemas semiáridos debido a que su copa provee de sombra y podría generar microhábitats que facilitarían el establecimiento de otras especies (Vilela & Ravetta 2001).

Este complejo de ecosistemas, se encuentra en los valles secos de Mecapaca, en la zona que incumbe al presente trabajo. Históricamente, estos ambientes han sido objeto de degradación a causa, principalmente, de la extensión de la mancha urbana y de la transformación de matorrales nativos en cultivos y frutales. Producto de esta acción antrópica continua, los matorrales nativos de la zona han sido reducidos a pequeños manchones en laderas de baja pendiente y terrazas fluviales.

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